Las cuatro heridas
Las “heridas narcisistas” de la modernidad según Freud son aquellas que, de una u otra forma, desmontan al hombre del lugar predilecto en el que él mismo se había situado en el universo.
Cronológicamente ellas son: la teoría heliocéntrica de Copérnico, la teoría de la evolución de Darwin, y la exposición del inconsciente por el propio Freud.
Copérnico nos expulsa de nuestro lugar privilegiado en el mundo, el centro del sistema solar. Diluye además la finitud cerrada del universo aristotélico para instaurar un espacio frío y silencioso lleno de interrogantes más que de respuestas para el alma del hombre.
Darwin por su lado arremete contra aquel pedestal elevado donde nos manteníamos distanciados del resto de las criaturas vivas e inertes, como entes semidivinos creados a nuestra imagen y semejanza. No tenemos ahora el poder religioso para someter y esclavizar a los animales, antes nos vemos rebajados a ser también meros animales, frutos del azar y las variaciones climáticas.
Freud por último destroza las cañerías escondidas de la razón humana y nos enseña a observarnos como seres manipulados por nuestras propias pulsiones desconocidas. No nos queda más que dudar de todas nuestras supuestas evidencias racionales por estar fundamentadas en pasiones sin control.
Una herida sobre nuestro lugar en el mundo, una sobre nuestro origen, una sobre nuestra razón. Sin embargo, hay una cuarta herida que pocos reconocen pero que siempre ha estado allí, una herida oculta que nos define de forma negativa e insistente. Una cuya sombra no es reducirnos o humillarnos, sino exhibir nuestra vergüenza y nuestra falta de reflexión sobre nosotros mismos y sobre el resto del universo. Esa herida no tiene nombre, ni protagonista, ni es teoría alguna que pueda ser refutada, y sólo puedo explicarla trabajosa y torpemente.
La pregunta que nos permite reconocer nuestra herida es sencilla: en todas esas estrellas infinitas que constituyen nuestro universo ¿existirán seres inteligentes, seres hermanos parecidos a nosotros, o es que simplemente estamos solos en el universo?
Reflexionemos sobre las respuestas posibles:
- No somos los únicos, existe al menos un planeta donde la vida ha germinado al igual que aquí, como una infección vaporosa causante de todos los edemas asombrosos del mundo.
Pero si en otro planeta la vida fue posible, entonces ella no es un acontecimiento singular, sino un patrón repetible, aburrido y cómodo.
- O somos los únicos, no existe ningún planeta donde la vida se haya abierto paso a través de podridos mecanismos.
Pero si en otro planeta la vida nunca ha existido, entonces la vida es un acontecimiento singular que no responde a ningún plan o ley, es un simple hecho perdido, desesperado y absurdo.
Lo que se presenta entonces en este momento es un dilema compuesto por dos islas carcomidas por la misma acuosa y turbulenta ignorancia. Esa herida abre nuestra carne en dos y descubre la desnudez del hueso, el vacío blanco y poroso del que estamos hechos… Es que ser conscientes que nuestra vida se lleva a cabo a la luz de esa mísera oscuridad es realmente aterrador.
Los cuernos del dilema
Reflexionemos sobre los dos cuernos del dilema.
Cuerno 1: Imaginemos primero que somos únicos. Si estamos solos entonces el vasto universo obedece a mecanismos que no nos pertenecen y a los que no pertenecemos. Somos entonces organismos desgraciados que comen, copulan, se asesinan y excretan sin sentido alguno…
Recuerdo que escuché una vez uno de los argumentos más famosos esgrimidos a favor de la idea contraria (que no estamos solos): "Si en verdad estamos solos en el Universo, ¿no les parece un gran desperdicio de espacio?"… Que idiotez tan sorprendente. El universo a fin de cuentas ni noticia de lo que es la maldita economía del espacio (como si fuera algo de suyo evidente que el cosmos no fue decorado por un jodido minimalista). El argumento pretende ser religiosamente neutro, pretende colocar al hombre en un contexto materialista donde la evolución juega un papel preponderante y donde ella le da sentido a las criaturas terrestres porque las hace pertenecer a un biologismo popular, democrático. Pero el argumento no pasa de ser un miserable “debe ser” racionalista, un muérgano pseudorazonamiento que carece tanto de confirmación como de honor, una manifestación desesperada de los calzonudos, de los cobardes atemorizados con nuestra propia tontería. Qué desperdicio de espacio ni que tontería.
Hasta hace poco sentía admiración por los físicos, los astrónomos y los cosmólogos humanistas estilo Carl Sagan o el Parapléjico aquel, pero ya no gracias al señor mi dios que en él confío, y me reservo los denuestos porque ya me imagino la gente jodiéndome porque no respeto ni a las mentes más brillantes de este siglo (como si el vocablo “mente brillante” fuera consistente lectores imbéciles de esquina).
Cuerno 2: Imaginemos ahora que no estamos solos, que somos simplemente una manifestación más de un cúmulo infinito de acontecimientos iguales a nosotros, el universo entonces lleno de vida y de inteligencia. Pero entonces no hay nada de digno en el ser humano. ¿Creaciones de dios?, ¿de un dios prolífico, promiscuo y desesperado?, ¿eyaculando desordenadamente sobre los millones de puntos cardinales del firmamento?... ¿O somos simplemente una consecuencia más de una ley natural igual de fértil que una deidad desesperanzada de sí misma? De todas formas, no entiendo realmente qué podemos esperar de nuestra existencia si el cosmos se encuentra sobrepoblado de mentes, brazos, intestinos que se atragantan con otros intestinos, ojos que absorben la savia de las cosas desde eones atrás. Comparado con este universo de riquezas y de mentes nuestro propio mundo no es más que una humillación. Frente al resto del cosmos nosotros mismos somos nuestra más avergonzante refutación moral.
Esos son los dos cuernos del dilema. Esa es la gran herida que he querido descubrir con torpeza. Cómo es posible que el ser humano pueda seguir su vida pretendiendo ignorar ese teatro cósmico que se le oculta mediante un telón de penumbra. Un teatro que nos define como un absurdo o como una vergüenza.
Yo, yo sé por qué, sé por qué el ser humano puede seguir tan cotidiano y bobo. Es la ignorancia. No conocer realmente la respuesta al dilema nos permite pretender que no existe, que estamos más bien frente a una disyuntiva inútil, falso aprieto que no sirve para nada y que sólo ocupa a inteligencias desocupadas y pseudointelectuales. Esa es la razón por la cual el hombre no es capaz de penetrar su propia llaga con el dedo.
Sólo es imaginar que al ser humano se le presente con absoluta certeza una respuesta al dilema para que su mundo termine. Para que nos invada el terror absoluto y despótico de la soledad, o para que nos invada la vergüenza de reconocernos torpes niños endebles, culicagados llenos de hermanos mayores (o aún si sólo encontráramos menores, si nosotros somos lo más maduro que ha podido surgir de la búsqueda de la estabilidad de la materia, pues eso si sería para no dar el brazo a torcer con la idea de que el universo en su totalidad no es sino una caca colosal surgida de la singularidad rectal de la Nada (¿qué habrá comido para cagar eso?, la sola pregunta me asusta pero me permite una tangencial reflexión
[1])).
Las soluciones posibles nos llevan a lo mismo
(la verdadera herida)
Pero eso no es todo. Porque, estoy convencido, es posible sentirnos perturbados sin que la respuesta concreta al dilema se nos revele. La razón es que sea cual sea la respuesta se puede desprender la misma consecuencia: Si estamos solos, entonces todo el universo es una gran simetría árida, un gran patrón que se repite y que sólo nos tiene a nosotros como vil excepción que no vale ser tenida en cuenta. Si, en cambio, no estamos solos el universo, entonces él es de nuevo un gran patrón que se repite, y nosotros somos simplemente un grano de arena más, un subproducto de cualquier ecuación aburrida.
Si estamos solos entonces el universo es un patrón que se repite. Si no estamos solos entonces el universo es un patrón que se repite.
Como estas dos opciones se reparten todos los posibles universos humanos, entonces este universo, suceda lo que suceda, es la misma estupidez vuelta un patrón. Un círculo perfecto que no es capaz de movimiento o de evolución, un bosquejo en blanco y negro.
Probablemente todo el universo sea sólo el crecimiento enfermo de algo mucho mas tedioso, grande y omnicomprensivo, una gran burla muy bien planeada... Dios crea el universo, el universo crea las estrellas, las estrellas crean los planetas, los planetas generan la vida, la vida impone la necesidad, la necesidad crea la carne, la carne crea la necesidad, la carne y la necesidad crean al simio, el simio afila el pedernal, el pedernal crea al Hombre, el Hombre crea a Dios, el cual crea el universo. Aquel universo que ha posibilitado la existencia misma del pedernal, que ha creado al hombre. En ese macrocosmos Dios, Hombre y Pedernal se mantienen bien ocupados. Semicírculos de una sola geometría que rueda sin causa alguna cuesta abajo, para luego ascender. Y de nuevo. Del vértigo existencial dan ganas es de vomitar.
Por eso no creo en multiplicidad ni en variedades ilusorias o creativas. Productos son de las pasiones de los que no creen en la verdadera bendición, la de la carne, la de la sensualidad. No es posible entonces sentirse angustiado o desesperanzado cuando, en principio, siempre se ha vivido en oscuridad. La única alegría que siento es que por dentro somos también repetitivos, que en nuestros cuerpos fluye un reino microscópico voraz, un paraíso igual a éste que nos reciclará en nuestra muerte. Quizás dioses allí no existan, pero ese mundo interno existe, y en ese mundo hay una selva que en este mundo no conozco, pero que amo; y la selva misma existe y persevera. Una selva microscópica pero real, no ilusoria ni metafórica… El hombre a lo largo de sus días se alimenta de semillas, de esporas levantadas por el polvo, de parásitos sin nombre. Sin saberlo una selva ha crecido en su vientre enfermo. Allí se alojan Tigres-Gusano habitando en cuevas pulmonares.
En esa mi selva me sumerjo de noche. Arrastrándome sobre las hojas, y entre gritos casi humanos de agitación, sigo el camino de heces arrojadas hasta las acumulaciones de mis primates. Allí surge otra inteligencia o no surge ninguna. Repugnante todo en sus detalles.
[1] Este pensamiento obviamente oculta una paradoja:
Si el universo fue cagado, entonces el ano debería haber existido antes que él. Pero entonces, ¿donde estaba el ano previamente?. Pues en un meta-universo se podría responder, y entonces la nueva pregunta es cómo surgió ese meta-universo, y si fue cagado el meta-universo mismo, entonces su origen debe estar en un meta-meta-universo, y así ad nauseam. Esto obviamente (?) es inaceptable.
Pero, además del anterior problema lógico, se encuentra este otro problema: que cada universo utilizaría como alimento y cuerpo la cagada del anterior, lo que generaría una degradación nutricional inimaginable de la materia del cosmos.
La única solución posible a este problema es admitir que el universo se cagó a sí mismo. No dejemos por favor que la metáfora fisiológico-digestiva nos impida ver una posible salida razonable al serio problema del origen.